martes, 8 de octubre de 2019

César Vallejo

Me duele tanto leerte,
querido Cesar Vallejo;
quema el alma y no me quejo
porque me apena esa suerte.
En Francia llegó tu muerte
de desdichada manera.
En París, esa quimera
que acogía tu palabra,
hoy en la penumbra se labra
con tu lanza justiciera.

¿Quién hizo doler tu sombra
que lloraba embravecida
y te arrancó de la vida
ese amorque nadie nombra?
¿Quién con tu paz no se asombra
si arrastraste mil infiernos
y descuidó los inviernos
que golpeaban tu luz?
¿Quién apretó en ti la cruz
de aquellos Dados Eternos?

¡Vallejo…! Mi juventud
de fiel poeta te entrego.
Hago lunas del sosiego,
y espasmos con la virtud.
Llora en mí la plenitud
de aquel hombre enardecido.
¡Levántate…! Te lo pido
antes de morir temprano.
…Quiero abrazarte, mi hermano,
junto al Dios que te ha dolido.

Nunca podría imitarte,
si volvieses a la vida.
(Está la tumba encendida
para anidar aquel arte).
¡Despierta…! Debes quedarte
abrazando al mar perplejo,
mientras nos das un consejo
—con palabras en exilio—,
para sentir el idilio
anidado en tu reflejo.


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