Para qué pensar —de pronto—,
si pensar cansa la mente;
es mejor hacerse el tonto
y olvidarse de la gente.
Negativos pensamientos
aparecen en momentos
donde agobia la tristeza;
se vuelven tan vagabundos
que se esconden en profundos
rincones de la cabeza.
¡Mejor! , no maldigas tanto.
Que la negatividad
se vuelva felicidad.
¡Dale sonrisas al llanto!
Fácil es ponerse un traje
de odio, rencor y chantaje…
Pero lo difícil es
ser un alma bondadosa
que acepta que toda cosa
tiene derecho y revés.
lunes, 27 de noviembre de 2017
lunes, 13 de noviembre de 2017
Mi boca
Tengo en mi boca
palabras sueltas,
y rima loca
de idas y vueltas.
Mi boca grita.
(¡Se lo prohíbo!)
Siempre me imita,
mientras escribo.
No digo nada.
Siempre que pienso
en la alborada,
soy muy intenso.
Ella se enoja.
Quiere que grite.
Ella se moja
como un desquite.
Digo mi verso
a medianoche.
Y le converso
de su reproche.
Nos acostamos
(siempre desnudos).
Luego, soñamos;
quedamos mudos.
palabras sueltas,
y rima loca
de idas y vueltas.
Mi boca grita.
(¡Se lo prohíbo!)
Siempre me imita,
mientras escribo.
No digo nada.
Siempre que pienso
en la alborada,
soy muy intenso.
Ella se enoja.
Quiere que grite.
Ella se moja
como un desquite.
Digo mi verso
a medianoche.
Y le converso
de su reproche.
Nos acostamos
(siempre desnudos).
Luego, soñamos;
quedamos mudos.
domingo, 5 de noviembre de 2017
El sol
El sol cayó en un pozo
profundinegro casi melancolísimo.
Herido pedía auxilio en medio del bosque.
El sol cayó con la infancia de muchos milenios
y se volvió pensativo.
Creía, solo en sus delirios, que sería hermoso,
pero ya lo era.
Pensaba que era un fénix, pero ya lo era.
Se odiaba, mas era amado.
Conocía la gravedad, los universos,
las voces que nadie ha escuchado,
las mañanas previas al regreso,
el escándalo del Himalaya,
a los perdidos en los Andes.
Se perdió en su golpeado orgullo
y no supo valorarse a sí mismo.
Nadie le daba aliento porque era el sol:
ese guardián de constante de las especies.
El sol se calló ese día:
eran una multitud de fuego,
un hombre y una cruz,
un acto de amor.
Lo vio todo con sus propios rayos.
Alguien le dijo que se fuera,
que eclipsara,
que no sufriera, y sufrió.
Me acordé de su verano;
lo sentí adentro: en mis pulmones,
en mi estómago,
tráqueas, costillas, columna vertebral,
hígado, pantorrillas, corazón y ojos.
CaEminé hasta ese lugar para socorrerlo.
Estaba moribundo; le saqué el corazón
y como a una semilla lo planté lejos.
Allí amó a los hombres y perdonó sus ofensas.
Herido pedía auxilio en medio del bosque.
El sol cayó con la infancia de muchos milenios
y se volvió pensativo.
Creía, solo en sus delirios, que sería hermoso,
pero ya lo era.
Pensaba que era un fénix, pero ya lo era.
Se odiaba, mas era amado.
Conocía la gravedad, los universos,
las voces que nadie ha escuchado,
las mañanas previas al regreso,
el escándalo del Himalaya,
a los perdidos en los Andes.
Se perdió en su golpeado orgullo
y no supo valorarse a sí mismo.
Nadie le daba aliento porque era el sol:
ese guardián de constante de las especies.
El sol se calló ese día:
eran una multitud de fuego,
un hombre y una cruz,
un acto de amor.
Lo vio todo con sus propios rayos.
Alguien le dijo que se fuera,
que eclipsara,
que no sufriera, y sufrió.
Me acordé de su verano;
lo sentí adentro: en mis pulmones,
en mi estómago,
tráqueas, costillas, columna vertebral,
hígado, pantorrillas, corazón y ojos.
CaEminé hasta ese lugar para socorrerlo.
Estaba moribundo; le saqué el corazón
y como a una semilla lo planté lejos.
Allí amó a los hombres y perdonó sus ofensas.
El mar de Punta del Este
Aunque el mar emana bocanadas de fuego, las gaviotas bailan.
Se agita con cada huracán
que desata, uno a uno, los cordones de su zapato;
se tienta a sumergirse en los profundos insomnios
del oleaje, por la mañana.
Y los barquitos blancos, que parecen juguetes de niño,
se vuelven papel sobre su pecho.
Amo el mar Puntaesteño y él de ama.
Quiere discutir sobre mi escritura maldita
con esos pensamientos.
No sé si es justo el poderío que tiene;
no sé, tampoco, si observa la iniquidad del mundo
que lo mira; y se vuelve malévolo.
Se agita con cada huracán
que desata, uno a uno, los cordones de su zapato;
se tienta a sumergirse en los profundos insomnios
del oleaje, por la mañana.
Y los barquitos blancos, que parecen juguetes de niño,
se vuelven papel sobre su pecho.
Amo el mar Puntaesteño y él de ama.
Quiere discutir sobre mi escritura maldita
con esos pensamientos.
No sé si es justo el poderío que tiene;
no sé, tampoco, si observa la iniquidad del mundo
que lo mira; y se vuelve malévolo.
Saborea la piel de las mujeres, y se siente atraído
por tanta perfección; las confunde con las náyades.
Siente cada ahogo como si fuera suyo y se castiga por ello.
Y entonces el mar entiende que es el mar…
Me confiesa que sabe a bilis la poesía insípida y arenosa
que se lee frente a él, que todos hacen lo mismo, que la gente
es un botón en su inmenso camisón azul,
que hay un batallón de tiburones a la espera de más infelices.
¡Ese es el mar que yo quiero!
¡Rebelde y contestatario!
¡Mi amigo!
Hay una señorita
llamada Gorriti a la que le hace el amorpor tanta perfección; las confunde con las náyades.
Siente cada ahogo como si fuera suyo y se castiga por ello.
Y entonces el mar entiende que es el mar…
Me confiesa que sabe a bilis la poesía insípida y arenosa
que se lee frente a él, que todos hacen lo mismo, que la gente
es un botón en su inmenso camisón azul,
que hay un batallón de tiburones a la espera de más infelices.
¡Ese es el mar que yo quiero!
¡Rebelde y contestatario!
¡Mi amigo!
sobre la alcoba del Atlántico.
Es un caballero de fabulosa armadura,
vencedor de innumerables batallas contra la estupidez.
Pero, solo, no puede acomodarse el cabello y acicalarse;
no puede, ni si quiera, ponerse corbata en la mañana.
Cuando llega enero suena una sinfonía de Stravinsky en sus oídos.
Medita, aspirando la buena nueva del invierno, esa estación
donde me siento con él a reclamarle sabiduría.
Nos vemos cara a cara, los dos; nos despedimos, y hacemos cuenta
que nunca nos conocimos.
miércoles, 1 de noviembre de 2017
Nostálgico
Para María Cristina Dutto e Inés
Nogueiras
Me puse nostalgiquísimo con el goteo
de una lluvia que no para ni siquiera
a la hora del café, y allí están las mismas.
Dos musas radiantes de inteligencia
que se adentran en una fecha oportuna.
La una, tan parecida a mi madre, que habla
con esa condensación de años,
de lo absurdo mayusculístico
de esa estúpida antilinguística;
oh maestra que te pareces, nostálgicamente,
a mi hogar, a los cafés, a mi familia.
La otra, tan intelectual como el siglo,
que se muestra frente al paredón humano,
y la siento tímida; oh presencia otoñal
que batallas con el mismísimo mismo.
Las observo entre puntuaciones,
en cada contracción de tiempo,
y son eternamente salvajes, vivaces, humanas.
Nos entregan su conocimiento
sin interrumpir las preguntas ignoraicas
que hacemos los intelecnorantes.
¡Qué sapiencia su vida!
Que mi homenaje se haga una oración
para las mismas, las musas dedicadas
a la nostalgia ortográfica.
Que zeta la a, que coma el punto seguido,
que mayúscula la sigla, que minúsculo el gerundio.
Y tanto amor por la enseñanza
en la sala antigua donde se respira Montevideo,
genialidad y unas vocales infinitas con olor a café.
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